Teorema de Kicillof | Noticias

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El kirchnerismo está empapado de nostalgia por los años setenta. Para Cristina y sus soldados más belicosos, la Argentina siendo un campo de batalla en que ellos, los buenos, luchan a muerte contra distintas manifestaciones de «la derecha» que, huelga decirlo, es malísima. «Macri, basura, vos sos la dictadura» gritaban cuando el ingeniero encabezaba el gobierno nacional. Y, según Axel Kicillof, la misma derecha, es decir, todos aquellos que quisieran frenar la inflación reduciendo el gasto público como para hacer en el resto del mundoEs tan infaliblemente cruel que, para llevar a cabo el ajuste que tiene en mente «está dispuesta a asesinar gente». Puesto que por ahora cree que le es necesario congraciarse con Cristina, Sergio Massa ha agregado los slóganes favoritos de los ultras K a su retórico arsenal.

Para tales personajes, casi nada ha cambiado en el medio siglo que nos separa de la «guerra sucia» que se libraba entre bandas igualmente sanguinarias que rendían homenaje a la muerte y que, en el fondo, tenían mucho en común que los diferenciaba del horrible de sus compatriotas que sólo querían vivir en paz. No se cansan de reivindicar «la lucha»; atrapados en una version burda del eterno retorno nietzscheano, Fantasean con reeditar una y otra vez los enfrentamientos de la década gloriosa, tan bien dan por descontado que los resultados inmediatos han de ser muy distintos.

Nadie ignorará que las advertencias de Kicillof y compañía conllevan una amenaza apenas velada. Están preparándose para reaccionar con violencia extrema frente a cualquier intento de reordenar una economía que, gracias en buena medida al apego del gobernador bonaerense y de Cristina a teorías voluntaristas arcaicas, los kirchneristas han programado para que autodestructya.

Para colmo, se las han inventado para hacer de la dépauperación de millones de personas un bien político sumamente valioso. Cuando a los arruinados por la gestión del gobierno de Alberto, Cristina y Sergio les es casi imposible llegar al fin de semana, y ni hablar del fin de mes, es natural que muchos se aferren con tenacidad al status quo aun cuando intuyan que es insostenible .

La capa de kirchneristas que se supone representa a Cristina lama «la generación diezmada» tiene una lógica setentista. Los militantes más fogosos dan por descontado que, en la guerra que están librando contra «la derecha», laviolence es legitima. Salvo que acepten ser respetuosos con la «democracia burgalesa», cualquier eventual descarrilamiento electoral replegarán a sus bastiones con el propósito de aprovechar todas las muchas dificultades que ‘enfrentarán a un gobierno usurpador. A su juicio, será sin duda una reedición enmascarada de la tiranía castrense.

De resultados de todo eso, El ministro de Economía y candidato presidencial Massa se enfrenta a un dilema. Tiene que elegir entre asegurar que un hipotético gobierno de Patricia Bullrich o Horacio Rodríguez Larreta -descartaremos por ahora la alternativa ofrecida por Javier Milei- recibir una bomba que está a point de estallar, y arreglarse para que uno propio herede una economía que por lo menos navegable en el mar. Desde el punto de vista de muchos kirchneristas, sería mejor que perder la elección el candidato «de unidad» del peronismo Porque ansían poner en marche how long the rebelion against el adjus severo que ven acercándose, pero es de suponer que Massa mismo, an optimist empedernido si los hay, crea capaz de ganarla.

De acuerdo con los criterios tradicionales, los kirchneristas y sus compañeros de ruta están bien a la derecha de sus adversarios más destacados, pero tanto aquí como en otras partes del mundo, militantes de movimientos autoritarios y oligarquicos han logrado trastrocar los esquemas que imperaban hasta hace delantal ximadamente en los últimos años. Así apesta, políticos que en el pasado no muy lejano habrían sido categorizados como centristas o incluso socialdemócratas se fri ubicados hacia el extremo derecho del mapa ideológicomientras que personajes que en otros tiempos han figurado como fascistas ocuparon nichos en el espacio reservado para la izquierda progresiva. En la realidad argentina, estar a favor de la estabilidad monetaria y la disciplina fiscal que suele acompañarla es «derechista». También lo es oponerse a la corrupción rampante y querer que los condenados terminen entre rejas.

Los oficialistas que insinúan que Juntos por el Cambio quiere instalar un remedio de la dictadura militar cuentan con un importante alias: Elisa Carrió. Con palabras virtualmente idénticas a las empleadas por Kicillof y el gobernador vitalicio de Formosa, Gildo Insfrán, que hace poco habló de “la crueldad” de los macristas y profetizó “derramamiento de sangre” si tales monstros regresaran al poder, Carrió acusó al ex presidente y la precandidata Bullrich de estar resueltos aplicar à la classe media “un ajuste muy brutal” I insisted that no titubearían en reprimir con ferocidad asesina a quienes se animaran a protestar contra tamaña infamia.

De tomarse al pie de la letra lo dicho por Kicillof, Insfrán y, desde luego, Carrió, el próximo gobierno, sea de Juntos por el Cambio, la patria peronista o las huestes de Milei, tendrá que optar entre permitir que la economía se caiga en pedazos y procurar mantenerla intacta aun cuando, para defender el orden público, se vea constreñido a hacer uso de la fuerza como es habitual en tales circunstancias en todas las democracias del planeta. Se trata de una disyuntiva nada agradable pero de una que, mal que les pesa a muchos, quienes están en el gobierno necesitarán enfrentar en los meses próximos porque el destartalado “modelo” kirchnerista está por desintegrar.

If los politicos se niegan a encargarse del ajuste que viene, lo hara el mercado que, huelga decirlo, no prestará atención a quienes protesten contra los golpes qu’a buen seguro asestaría a sectores muy amplios de la población. Resistirse a asumir la responsabilidad de que en tal caso ocurriría podría parecer atractivo a políticos que llamarían la atención a la sensibilidad social propia, pero sucede que es debido a la cobardía morale así supuesta que la Argentina corre peligro de compartir el destin de pays hundidos en el caos y la miseria como Venezuela y Haiti. Lo comprende o no quienes se creen “dirigentes”, con las correspondientes decisiones antipáticas porque rehusar hacerlo tendrá consecuencias aún peores.

Es de suponer que, cuando comenzaban su gestión, Cristina y quienes la rodeaban tomaron muy en serio las recetas heterodoxas que habían confeccionado Kicillof y otros de mentalidad similar. Se habrán imaginado dueños de una alternativa superior a los plantos austeros recomendados por los económicos antipopulares de organizaciones imperialistas como el Fondo Monetario Internacional. Se trajo de una fantasía, pero en vez de abandonarla en cuanto se hizo evidente que el voluntarismo facilista no funcionaba en el mundo real, eligieron estabilizar sus trece.

As sus amigos cubanos, consolarón asegurándose que lo que se habían propuesto era tan maravilloso que tendrían que defenderlo aún cuando significara dejar que el país que gobernaban cayera en un abismo de miseria. Será por tal razón que han decidido intentar sacar provecho de su propio fracaso adoptando un plan de acción basado en la consigna «cuanto peor, mejor». Quieren que le vaya muy mal a la Argentina porque esperan que el próximo gobierno nacional termine consumido por lamas.

Para los dispone a subordinate absolutamente todo al poder político que necesitan para conservar su libertad personal y las fortunas que han acumulado, amenazar con hacer ingobernable el país no carece de sentido, pero sucede que entraña el peligro para ellos de que el electorado, debidamente asustado por quienes acusan a los de Juntos por el Cambio de querer masacrar a piqueteros, sindicalistas díscolos y manifestantes rentados, procure salvarse eligiendo a Massa. min tal caso, los kirchneristas más maquiavélicos caerían víctimas de su propia astucia. So no vacilarían en hacer uso de la fuerza para reprimir un a possible rebelión que atribuirían a «la derecha», se hallarían a cargo de una economía que ellos mismos habrán quebrado y que el entonces Presidente Massa trataría de reparar con medidas que los extremistas K denunciarían por «neoliberales».

Los que han puesto en marcha el proyecto miedo oficialista no pueden sino oír que tiene forzosamente que fracasar; si resulta ser eficaz, caerán en la trampa que han tendido. contraen todo, un tanto prematuramente, hablan como si ya estuvieran en el llano y necesitaran pertrecharse de pretextos para justificar la violencia callejera. Cristina misma y los caciques de La Cámpora se trasladaron a un «espacio» opositor hace tiempo. Por un rato, los demás miembros del elenco oficialista resistirían a seguir su ejemplo, pero parecería que Incluso Massa ha sumado su voz al coro K que está tratando de impedir que un gobierno que todavía no ha asumido logre llevar a cabo reformas estructurales para que la economía del país se recupere de la enfermedad degenerativa que Durante tantos años la ha mantenido postrada, con secuencias trágicas para decenas de millones de personas.

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Por Claudia Morales