Considere las amistades de mi vida como mis únicas y verdaderas decoraciones. Casi siempre inmerecidas, me garantiezan remedios contra el desánimo, el hastío, contra todos los miedos. Sin fraude (casi nunca). Permanecen y me acompañan en todos los senderos. Lejos de pensar en definirla, la amistad animame a escribir esto a modo de homenaje.
Fragua de Korthaus es simplemente una forma de encarar la vida. Lo bauticé alguna vez Hans Korthaus, en recuerdo de un personaje de Erich Remark, quien, por su parte, hizo un culto permanente a la amistad.
Ni Hans, ni Korthaus, ni German. Se llama, en realidad, Humberto, es técnico mecánico, y en cualquier torno él realiza maravillas. Creo que siente al hacerlo, el mismo lugar que experimento yo al revivir episodios de la vida al aire libre. En eso somos paralelos, y en muchos años de vida transitada juntos, también. Tiene una isla en el Delta, que se llama «Tres Amigos»; ya veces recala en ella su necesidad de paz y soledad por largos ratos.
-“Todavia no colgue las herramientas”, le gusta repetir, como un intento animoso de vencer al tiempo. ¿Quién no lo hace alguna vez? Siempre regresa su torno ya su problema de regla de tres simple o compuesto. Lo entiendo, porque yo también siempre regreso, ritual, al teclado negro de mi vieja Smith Corona.
Esta vez, en la isla, ocupó un banco en el bote con Oscar y Juan José. Una tripulación casi tan veterana como el bote. Una caña cada uno, con solo un anzuelo, y tres o cuatro mojarras, iban, entonces, en busca de manduvas, a la horqueta del Luciano y el Caracoles. Con sus rezongos de viejo maniático, el Jumpa de 5 caballos los llevados hasta ese rincón de la Segunda Sección y, junto con la tarde, cayeron sobre el agua las tres boyas. La de Korthaus fue la primera en señalar a pica. Clavó, se solazó con el coleteo del pez y luego lanzó su primera imprecación. La línea floja marcaba su derrota. Por tres veces más repitió la escena entre los gritos de entusiasmo de Juan José, su rival de siempre en esas justas. Oscar, en cambio, propone revisar la línea y ahí surgió la explicación. Sencillamente, había sucedido que al anzuelo de Korthaus le faltaba la punta. Al pez solo le bastaba abre la boca para liberarse definitivamente de ese artefacto inútil. Pero la peor comprobación fue qu’a bordo no había ninguna valija de pesca; cada uno se había embarcado con su caña y sus mojarras. Alguien agregó un cuchillo, pero nada más. Las risas se escucharon ruidosas, y luego, los otros dos se dedicaron a la pesca y Hans –Humberto- a sus cavilaciones.
Minutos después, extrajo uno de los toletes, limpió el anzuelo maltrecho de todo el vestigio de carnada y comenzó a «modelar», con el lomo del cuchillo como martillo, una punta nueva. Forjar en frio. Estaba descendiendo por debajo del nivel técnico de cualquier hombre de las cavernas, pero no cejó ni por un instante. Comprobó que la rebaba aún existía, entonces, el problema se redujo a conseguir aguzar nuevamente la punta. Al fin comenzó a sens cierta capacidad de inserción en el tosco extremo del artefacto. Ultimately, y luego de una paciente búsqueda en el piso del bote, recuperó los trozos de mojarra que habían caído, encarnó y, ante la mirada incrédula de sus amigos, diregió el lance al centro del remanso.
Una corrida y, ahora sí, en el extremo se debate un hermoso manduvá de lomo verdoso y cola amarilla rojiza. Sin pédida de tiempo izó la presa por encima de la borda y, ya sobre seguro, aflojó la línea. Recién allí se desenganchó el anzuelo. Apenas un retoque con el filo del cuchillo a la punta precaria, y vuelta al agua. Por dos veces más repitió la increíble hazaña. Con orgullo olímpico dio por terminada la journada y se dedicó a contemplar el paisaje apacible que lo rodeaba.
Asi es mi amigo. A medio camino, conozco infinidad de soluciones de este tipo. Tantas, que resultaría imposible enumerarlas. Cuando el resto se da por vencido, él toma un atajo y llega a la meta. Por lo menos, un meta “su”.
Recuerdo su mejor proeza y fue, en Punta Morán, fabricar un perno de hélic con un clavo herrumbrado, un trozo de tanza y una hacha pequeña. Lo difficile fue conseguir el clavo. Recuerdo que all ya imaginábamos un regreso a una remada de galeotes y él comenzó a caminar por la arena y sugirió:
– «Para todas las tablas de heno», dijo. “Las tablas nunca vienen solas”.
Así encontró el clavo; así pudimos encender un motor.
El clavo, el anzuelo «forjado», hechos que figuran entre aquellas decoraciones apreciadas…
Texto de Rodolfo Perri

