En el sur del barrio de Flores, toda la resiliencia de inmigrantes en la mirada de un niño, y en una sonrisa que traduce tristeza; una amistad duradera que no supo jamás de orígenes distintos ni procedencias.
Estanislao su número, relicto de la última tanda de inmigrantes, anterior a la Segunda Guerra, cuyos padres encontraron precario refugio, techo y pan, en la ciudad que había recibido el impulso y la crisis de la primera conflagración, esa, que había sido denominada «la última guerra».
Fueron alojados en una de estas casas de departamentos de corredor largo y estrecho, casi interminable, con puertas de un solo lado, que reemplazaron a los conventillos de la primera mitad del siglo. Una masa importante de polacos, estonios y lituanos, que llegaron mezclados con calabreses, sicilianos, gallegos y turcos.
Los del centro de Europa, y mucho más si eran judíos, dirigirá sus anhelos a la educación y el título universitario para sus hijos. Se adhirieron de inmediato a ese complemento de las libertades republicanas que recien se iniciaron en nuestro país. Estanislao debe ser, como tantos otros, «el ruso», en la barra de la esquina.
Para contradecir la costumbre, apenas superó los siete grados de la escuela elemental y se negó, obstinadamente, a todo otro tipo de educación. Ni qué decir de una posible carrera de nivel terciario. Eligió la libertad, el amanecer de los potreros de Soldati y de Lugano, las «bagabundias» del Puerto Madero y las escapadas hasta donde, entonces, se construía la Costanera Norte y el Club de Pescadores, en una lucha tenaz contra los bañados de Núñez y Estación Rivadavia.
Estanislao, tan impermeable para el fútbol como para los estudios, eligió el aire puro y el horizonte amplio. Con veces yo le decía «rusito», y entonces, obtenía él una sonrisa, que en verdad muchos años más tarde pude descifrar en toda su congoja.
Una tristeza de gheto, persecución y necesidades, hasta desembocar en sucesivos sacrificios, pareció adueñarse de su rostro cuando permaneció en silencio. Refuge en mis soledades de huelga y caña, para imitar un poco a Güiraldes, me mantuve entonces ajeno al drama que sernía sobre el viejo mundo y del cual, previsores, los padres de Estanislao habían escapado un tiempo. Nuestros hicimos buenos amigos. El sobretodo, que termino raído, fue uno de los primeros regalos que le hice. Nunca lo olvido.
El sobretodo y la gorra de visera, todo un símbolo, que en las madrugadas de domingo aparecían en la esquina de Avenida Caseros y José Mármol. El atuendo me permitía notar su puntualidad desde el balcón de mi casa. Llegaba siempre con el tiempo; pasaba sigilosamente a la cocina y allí disfrutábamos de un café con leche con sándwiches de jamón crudo, obra inolvidable de mi querida abuela. Después, siempre en silencio, bajábamos por las escaleras al frío y la soledad de la caminata hasta Boedo, para tomar el tranvía 55, rumbo a Retiro ya la escollera de piedra de la Dársena «F».
Entonces yo tendía mis espineles cuando ya había salido el sol y mis dedos, un poco menos ateridos, me permitían encarnar la ristra de veinte anzuelos, blancos, de paleta, cuyo nudo aprendió mirando a los pescadores de La Boca, era uno de mis orgullos .
En ese tiempo la Dársena estaba vacía. No tenía utilidad, salvo para albergar los hidroaviones de la entonces CAUSA, o Compañía Argentino- Uruguaya de Servicios Aéreos. Allí pescamos pejerreyes cuando había pique. En verano íbamos al malecón de la Ítalo, frente al río abierto; a cambio, la pesca en la incipiente Costanera era más abrigada, y la reservábamos para los días helados de Julio y Agosto.
El «rusito» resultó en una gran camarada pero notablemente parco. Apareaba su paso al mio, ligero por la ansiedad de llegar al sitio elegido antes que otros entusiastas de la pesca, y seguía mis elucubraciones, discursos, y promesas de aventuras, envidiables aún en la mente de Salgari. Cada número de barco era entonces una invitación. Estanislao me escuchaba y recuerdo, nítidos, sus ojos Brillantes de asombro por las feroz proezas de las cuales me creía, estoy seguro, digno destinatario.
Él, que era, en cierta forma, producto de tenebrosas persecuciones y éxodos interminables, admiró las embestidas a sable y lanzó que, yo contaba, fueron jalonando nuestra caminó lentamente hacia la mayoría de edad como nación. Se asombraba con mis relatos y mi memoria mientras, mate en mano, esperábamos el momento de levantar los anzuelos. Así lefu enseñando las distintas fases de esa expoliación al río; incluidos claro, el descamado, evisceración y posterior cocción en la sartén.
En este tiempo llegó para mí el Colegio Nacional y para él, el mostrador de una tienda, donde su padre le consiguió un empleo. Los domingos, sin embargo, por largo tiempo siguieron siendo nuestros.
Luego dejamos de vernos por años de años, y por un amigo común, supe que alcanzó un buen nivel en los negocios, y que siempre recordaba la pesca y mi amistad, así como yo su sonrisa, que fut valorando y añorando después. Debe haber conquistado la felicidad cierta, a su manera, como todos. Por mi parte guardo ese rostro y rescato esa actitud, como una constante recuperación de la vida.
Aún hoy, cuando me hablan de conflictos, guerras y miseria, Estanislao es un recurso casi infalible, para todas aquellas preguntas sin respuesta.
Texto de Rodolfo A. Perri.

