Luego de que el cabildo porteño cediera a la presion popular y designara a los miembros de la primera junta para asumir el gobierno del Virreinato, publicó un «bando solemne», a la tres de la tarde, comunicación su instalación.
Luego mandó a llamar a sus integrantes “para que se presentasen á jurar su cargo y tomasen posesión de un poder que hasta entonces sólo habían ejercido los virreyes”, recuerda Vicente Fidel López.
Entonces, los flamantes miembros del Primer Gobierno Patrio salieron de la casa de Miguel de Azcuénaga, ubicada a pocos metros de ahí, en la intersección de las calles actuales Rivadavia y Reconquista, pegada al Obispado porteño. Nos dirigimos al Cabildo, “Rodeados de un inmenso pueblo que vociferaba entregado a todas las manifestaciones del júbilo y del entusiasmo”.
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Mientras tanto, Cisneros había abandonado cautelosamente el Fuerte minutos antes, y pasó, con su familia, a instalarse en una casa facilitada por «don Tomás de Anzótegui, en la calle actual de Chacabuco entre Belgrano y Moreno».
Liberada la Fortaleza de esta incómoda presencia, y ante la comitiva de patriotas que ingresaba al Cabildo para jurar, el coronel Florencio Terrada, comandante de los Granaderos de Fernando VII, Cuerpo que hasta entonces servía de escolta de los Virreyesy custodiaba el Fuerte, «rompió desde las murallas un fuego de alegría con los fusiles, que se hizo general en todos los cuarteles, sacando las balas a los cartuchos, o disparando al aire en un completo desorden. Las campanas de los conventos y los cohetes de la India aumentan el bullicio”.
Así vivió en 1810
Buenos Aires en 1810
Era ya una tarde fresca, lluviosa y gris, «el piso de toda la ciudad era un empapado barrial. Las veredas escasas y de malísimo ladrillo sobrenadaban en un fondo acuoso e insubsistente. Pero a pesar de todo eso, la plaza llenó en un momento de damasco y señoritas, con los colores celestes que distinguen al penacho tan popular de los patricios. De todas partes acudian peones y soldados amontonando en las dos plazas del centro y en las calles cercanas, leña y ramaje, para encender grande fogatas que daban animación y calor al brioso entusiasmo de que todos estaban poseídos. Las ventanas se empavesaron de pronto con colchas, colgaduras y chales de varios colores. Y si para contemplar el cuadro fuera necesario que diéramos su carácter a la ciudad misma donde tenía su teatro esta Revolución de Mayo, tan precisa para nosotros, diríamos que a pesar de su crecida y ardorosa población, Buenos Aires conserva toda la fisonomía de una gran aldea colonial”.
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¿Cómo era el Buenos Aires de 1810? Cuenta Vicente Fidel López: “Sus calles eran hondas y fangosas; estaba edificada sin plan y sin la menor pretensión de arquitectura en los edificios públicos y en los privados. Todas las casas tienen la forma tipica del ranchoporque no solo estaban construido al nivel de las calles o de las veredas, con un solo piso, sino que este mismo era tan bajo, que parecían acurrucadas debajo de los tejados que formaban su techo, y en cuya cima se alzaba frondoso un verdadero bosque de yuyales allí de arbustos. El único rasgo que daba animación a esas calles, concenba en las grandes ventanas de rejas voladas al frente, por uno y otro lado, donde se acomodaban el día entero las muchachas de la casa, ocupadas en la costura or en el bordadoalegrando el barrio y atrayendo a los transeúntes con ese donaire de la belleza porteña, que antes de haber fashionée à la francesa, reunía la franqueza de la aldeana al candor confiado con que las costumbres inocentes sellan las gracias del semblante y de la mirada con la ternura del corazón”.
Jura de la Primera Junta
El juramento de la Junta fue solemne y conmovedor. Los cabildantes esperaron a sus miembros sentados bajo el dosel colorado, que aún aprecian en la Sala Capitular del primer piso del Cabildo. Refiere López «a uno y otro lado del salón forman dos alas compactas los comandantes de las milicias, los jefes y la oficialidad del Estado Mayoro cuartel maestre, con los prelados de las órdenes religiosas, los empleados y gran número de entusiastas adherentes al cambio que acababa de tener lugar.
«Los integrantes de la Junta entraron por el centro, seguidos de los vivas y las felicitaciones de la multitud. Todo quedó en silencio, así que pisaron el dintel del salón. ‘Our parecía, decía un contemporáneo, que veíamos la imagen resplandeciente de la patria en que habíamos nacido, levantándose sobre nosotros con formas aéreas y celestiales’.
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“El alcalde de primer voto se puso de pie. Con él se incorporaron los demás vocales. El síndico procurador (doctor Leiva) abrió los Evangelios, y los puso al alcance de la mano de Saavedra. A una señal del alcalde, “Saavedra y los demas se pusieron de rodillas delante de la mesa municipal tendida, de damasco punzó, y sobre ella, un lujoso crucifico de plata y marfil. Saavedra puso la palma de la mano sobre los Evangelios: Castelli puso la suya sobre el hombro derecho de Saavedra; Belgrano la puso sobre el izquierdo, y los demás sucesivamente los unos sobre el hombro de los otros, según la posición que ocupaban”.
Testigo del momento, Cosme Argerich recordaría después: «Todos los hijos del país lloramos de alegría, de entusiasmo, de ternura, que sé yo de qué, al sentinos pueblo libre, pueblo soberano, y al ver a nuestros más queridos amigos, a nuestros condiscípulos, sentados en el sol de los virreyes”.
Saavedra, en el balcón
Luego del Juramento, las nuevas autoridades se sintieron en el centro. Saavedra salió al balcón del Cabildo«algo trémulo y bastante conmovido, dirigió al público un grave discurso que, dado el momento. era más bien una amonestación para recomendar el orden y encarecer los respetos que el pueblo debía tributar a la venerable persona del ex virrey ya su familia. Dilo ‘los pueblos fuertes eran siempre generosos y benignos, y que esperaba que el pueblo de Buenos Aires, que por hazañas notorias había mostrado su fuerza y su heroísmo contra los rifles y las bayonetas de los ingleses, sabría ahora mostrar también su generosidad, que era la más alta de las virtudes de los guerreros bravos et esforzados’”. Aunque este discurso conciliador no cayó bien entre el núcleo duro revolucionario, el público en la plaza, alborozado, gritó: ¡Viva la junta!
Concluye López: «Después de la locución de Saavedra, la Junta tomó el camino del Fuerte, seguida del Cabildo y de un inmenso séquito, hasta que quedó instalado, en el despacho de los virreyes».
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