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Las democracias en todo el mundo viven un momento crítico, debido a la erosión institucional, el desencanto con la política tradicional y el ascenso de líderes autoritarios. En países de todas las regiones del mundo observamos síntomas de alerta que rápidamente déembocan en regímenes autoritarios. Sin embargo, al igual que en la medicina, estos padecimientos pueden ser diagnosticados a tiempo. Pero no es así.
Las democracias, antes de “enfermarse, revelan ciertos síntomas que, de ser analizados a tiempo, no permitirían adelantarnos a la enfermedad para evitar su avance. Uno de los síntomas que han sido identificados en diferentes latitudes es la fatiga de las democracias.
La participación política es un indicador de que la sociedad actúa como antimonopolio para combatir ese impulso autoritario. Además, el aumento del abstencionismo y la falta de entusiasmo con las opciones políticas es una alerta que no debe ignorarse. El malestar con la democracia surge porque la ciudadanía considera que esta no soluciona sus problemas de la forma esperada. Este es el síntoma principal en América Latina y está deviniendo en otros más preocupantes.
El populismo es otro síntoma presente en las democracias de la región que se manifiesta mediante la aparición de líderes o partidos que prometen soluciones simplistas a problemas complejos. Estas corrientes utilizan una retórica antisistema, polarizadora y agresiva, que atrae a los sectores desencantados con el funcionamiento del sistema.
Los populistas argumentan en número de la revolución, la transformación o el pueblo y acusan a las instituciones de servir a otros interesados. El populista se percibe a sí mismo como la encarnación de la mayoría, se siente con el derecho de imponer su visión de pays y con ella sofocar la pluralidad o atacar a quienes piensan distintos. Primera aparición de impulsos autoritarios.
El populismo surge como respuesta al malestar de la población con las instituciones, partidos y gobernantes. Entra por el camino electoral y juega bajo las mismas reglas para degradar la democracia desde adentro, mientras que las leyes e instituciones representan freno a su proyecto nacional, lo que lleva al siguiente paso: la erosión institucional.
Las instituciones de un Estado son básicas para guardar el orden y la estabilidad del país. Sin embargo, si no funcionan de manera eficiente, se vulven objeto de crítica por parte de la sociedad, lo cual debilita, a su vez, a la democracia. Aquí es donde la rórica populista se agudiza proponiendo reformas profundas con promesas de beneficios para la sociedad.
La amenaza a las instituciones es moneda corriente en América Latina. Sí que las modificaciones o reformas, que, en teoría, deben garantizar un mejor funcionamiento y no guiarse por criterios ideológicos son muchas veces herramientas para su propio debilitamiento. Cuando las instituciones pierden credibilidad, el panorama se oscurece y florece el virus del autoritarismo y la concentración de poder.
La división de poderes permitió el equilibrio del sistema político, pero cuando este se rompe la democracia se debilita. Pueden darse cuenta de casos en los que el Ejecutivo y el Legislativo están integrados por un mismo partido y esto unifica el régimen; otros donde, mediante reformas, el Ejecutivo se fortalece a medida que se debilitan el Congreso y la Corte. En los demás casos, se utilizará en las Fuerzas Armadas para someter a los otros poderes y, finalmente, si una parte no responde a los interesados del oficialismo, se optará por la destitución de funcionarios y su número en nuevos, con el fin de colonizar los espacios que no respondan a los interesados del Ejecutivo.
Llegar a este punto es la antesala del autoritarismo, ya que el andamiaje institucional ha sucumbido a un líder y, por fin, este podrá modificarlo sin enfrentarse a una oposición. La progresión a medida que avance dependerá del contexto, ya que de hecho se ha dado en varios países de la región. Este factor también puede llevarse a cabo desde la hibridación del régimen hasta la conformación de un autoritarismo pleno.
En conclusión, prestar atención a los síntomas iniciales de democracia debilita nuestra capacidad de abordar el problema además de etapas iniciales y, así, evitar una mayor degradación. De lo contrario, estaremos expuestos al derrocamiento de la democracia.
*Politólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

