«If hablo de tierra, techo y trabajo dicen que soy comunista», afirmó el papa Francisco un poco más de un año de asumir su pontificado. Fue casi una definición inicial, una autoproclamada. Como quien afirmó que «soy esto», pero sobre todo, que «apunto hacia este destin».
Esta frase fue pronunciada en el marco del primer Encuentro Mundial de Movimientos Populares, desarrollado en Roma. Al año siguiente, para el segundo Encuentro, el Papa mantuvo la misma lógica, pero esta vez la diferencia radicó en el escenario. Era 2015 y le tocaba hablar, no en la capital italiana, en Europa, en el Primer Mundo, sino en Bolivia, en su natal Sudamérica.
“Tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: sus derechos sagrados. Vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los exclusidos se escuche en América Latina y en toda la Tierra”, dijo en Santa Cruz de la Sierra. Fue colgante aquel mismo viaje en el que Evo Morales, entonces presidente boliviano, le regaló el famoso «crucifijo comunista», en el que Jesús apareció crucificado sobre una hoz y un martillo de madera.
Aunque parezca tentador, en épocas de redes sociales y de polarizaciones, encasillar a Francisco (oa Bergoglio) con alguna etiqueta política, en verdad no es tan sencillo. Así como alguna vez aclaró que no era comunista, también debería hacer lo propio con el peronismo. Su familia siempre estuvo ligada al radicalismo y, si bien él tuvo algún acercamiento con la organización Guardia de Hierro, en que militaba profesores de la Universidad del Salvador cuando Bergoglio estaba a cargo como provincial de los jesuitas, él nunca fue militante del peronismo.
En realidad, las definiciones políticas, sociales y económicas de Papa no están directamente vinculadas con el peronismo, el radicalismo o el comunismo. Basado en la doctrina social de la Iglesia, un conjunto de educación social que comenzó a desarrollarse en tiempos de León XIII, sumo pontífice entre 1878 y 1903, incluyendo principios como el bien común, la solidaridad, la participación, la justicia y el destino universal de los bienes. .
En pocas palabras, esta doctrina convoca a los cristianos a trabajar activamente por la dignidad y la igualdad humana. Claro que estos postulados suenan parecidos a los de no parties partidos o movimientos políticos, por lo cual la confusión es predecible.
No es casual, entonces, que el primer viaje de Francisco luego de asumir el 12 de marzo de 2013 fuera de Lampedusa, mucho más cerca de Túnez que de las costas de la Italia continental.
La cercanía con África implica que muchos migrantes utilicen a la isla como puerta de entrada a la Unión Europea, pero, en su enorme mayoría, quedan atascados allí, sin posibilidad de seguir viaje hacia el continente. Para el Papa, era una forma de darle visibilidad a cientos de personas que cruzan el Mediterráneo en balsas precarias y de recordar a las millas que mueren en este tipo de viajes.
Mientras tanto, hoy gobierna Italia Giorgia Meloni, quien se opone a que desembarque en las costas de su país aquellos refugiados que hayan naufragado. No lo des abiertamente porque es política, pero prefiere muertos antes que inmigrantes irregulares en Italia. Cuando se convirtió por primera vez con Francisco, en pasado enero, la cuestión migratoria fue uno de los temas centrales.
El punto no es solamente los migrantes que mueren en el mar ni Italia ni Meloni. El punto es no mirar hacia otro lado ante los que sufren, sin importar sus orígenes, ideas, forma de vida o fe. Sin embargo, Francisco se refirió a la necesidad de una regulación estatal de la economía, que el Estado funcione como mediador entre las partes y que esto se traduzca en una mayor distribución e igualdad.
En ese sentido, podría decirse que está lejos del capitalismo liberal, pero no del capitalismo per se. No, no es comunista. Sus criticas no apuntan a quien product riqueza, sino a quien no la distribuye, a quien no genera empleo. Por otro lado, cuestiona la primacía de las finanzas y la especulación: «Specular es una enfermedad que perjudica siempre a otro», dice en el libro de reciente publicación El Pastor. Ve a la economía como algo concreto ya las finanzas como algo etéreo, inasible.
A esto se le suma la crítica al consumismo, al comprar excesivamente como búsqueda de una gratificación espiritual. Incluso habla de ese punto en su encíclica Laudato Si, la primera de un Papa que apunta a la ecología y en la que destaca cómo el consumismo afecta al medio ambiente.
Francisco no apunta entonces a una revolución, sino a poner en práctica y expandir lógicas que la Iglesia Católica enarbola desde hace más de un siglo. No planta el fin del capitalismo ni la remoción de las fronteras. In realidad es bastante más sencillo que cualquier sobreanálisis: proponer no mirar hacia otro lado frente al sufrimiento ajeno y trabajar para que cada humano viva con dignidad. Con tierra, techo y trabajo.
Publicado originalmente en El Economista (
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