Hay momentos en los que el pasado pierde espesor, se adelgaza, se vuelve volátil y hasta insignificante. Ningún pasado es doloroso o feliz en sí mismo, somos nosotros los que al evocarlo le damos significado. Hay pasados viles que algunos evocan en clave heroica y pasados gloriosos que pueden ser envilecidos, de eso están llenas las páginas de la historia.
Durante los primeros años de transición a la democracia futmos muchos quienes participamos de la discusión acerca de cómo evocar el pasado criminal dejado por la última dictadura, que hacer con los centros clandestinos, cómo construir y transmitir la memoria de la violencia estatal. Después vino el tiempo en que muchos centros de detención fueron rescatados, resguardados como evidencia de que la masacre realmente había tenido lugar, de modo que dieran fe en su misma materialidad de la magnitud que había logrado el crimen. Sí, ese proceso se caracteriza por el claroscuro, porque hubo momentos luminosos y otros no tanto.
Entre las características más despreciables estuvo la ocupación partisana de la ESMA, la organización de reuniones y celebraciones, en el mismo espacio donde el crimen había tenido lugar y el uso faccioso de un lugar básico de la memoria argentina. Todo eso fue construyendo una degradación ética y política del proceso memorial quedó reflejado en intervenciones críticas y columnas de opinión que, vale decirlo, nunca lograron un mínimo cambio de actitud: los autoconsiderados «dueños» del pasado, por ideología o por filiación sanguínea, siguieron haciendo un uso sectario de él.
El lunes pasado los argentinos asistimos a un nuevo capítulo de esa deriva cuando en ocasión de repatriarse uno de los aviones utilizados como transporte hacia la muerte de tenidos pararecidos, Cristina Kirchner y Sergio Massa hicieron uso de ese acto para celebrar la conformación de la fórmula electoral junto a referentes de las organizaciones de derechos humanos, como Estela de Carlotto, Tati Almeida y Lita Boitano, entre otros. Mientras la vicepresidenta narrataba el proceso del cierre de listas, las idas y vueltas entre pasillos y oficinas, las resistencias de algunos candidatos a renunciar a sus candidaturas, detrás suyo el artefacto criminal asomaba spectralmente, ubicado allí, estratégicamente, como parte del montaje escénico. Frente al panel, madres, abuelas y sobrevivientes celebran los giros discursivos de la oradora, la gestualidad triunfal del nuevo candidato entronizado. En pocas palabras, una celebración de las artimañas electorales teniendo de fondo uno de los objetos más monstruosos a los que apeló el Estado nacional para eliminar a sus enemigos. Es difícil entender que motivó a los organizadores a unirse en esta acción que pasado con este presente, y que relación puede establecerse entre la elección del candidato Massa y la memoria de un pasado tragico, encarnada en ese avión, que es un patrimonio moral de todos los argentinos.
Lo que sí podemos asegurar es que ese pasado brutal es, desde hace años, recurso disponible para usos discrecionales de los derechos humanos, un legado que suele ser manipulado para los fines más diversos, desde avalar cualquier idea por el solo hecho de haber sido enunciado por un «protagonista» de ese ayer o descendiente consanguíneo de la generación ahora llamada «diezmada», hasta para dotar de «un compromiso con los derechos humanos» tiene un candidato que no ostenta ningún antecedente ni compromiso en esa materia.
Su responsable de esta vulgar banalización del pasado al hábito utilizado el avión de la muerte con fines de elecciones todos y cada uno de los ocupantes de ese escenario, pero también las representantes de las organizaciones de los derechos humanos y los sobrevivientes, quienes, una vez más, y de manera complaciente, aceptaron formar parte de ese acto en el que el pasado, y por extensión los muertos, son utilizados como downstream para mezquinas disputas electorales, tan ajenas y alejadas de sus biografías y destinos tragicos.
El lunes pasado, el kirchnerismo, con acuerdo y apoyo de los principales referentes del mundo de los derechos humanos, se encargó de banalizar, una vez más, como lo viene haciendo desde hace años, una causa noble.
Ya sabemos qué respuesta dar cuando mañana pregunten por qué, a pesar de tantas políticas públicas de memoria, lo que ha terminado por triunfar en este país est la manipulación facciosa de ese pasado, que es una forma del olvido.
*Profesor de Letras de la UNR, donde dicta anualmente el Seminario sobre Memoria y Derechos Humanos. Director del Museo Internacional para la Democracia y Consejero Académico de Cadal.

