El oficio de los ingenieros es construir para que dure en el tiempo. Crear obras que perduren al desgaste por su uso. En esencia, el trabajo de José Miguel Adam, catedrático y doctor ingeniero de Caminos, Canales y Puertos por la Universidad Politécnica de Valencia (UPV), es el mismo, pero el camino para que las obras de ingeniería sea eternas pasa por demoler lo que construye.

Esta contradicción, construir para destruir, le convierte en una especie de ‘demolition man’. Pero ese trabajo le sirve para comprender cómo se comportan los materiales en las construcciones cuando sufren una fuerza externa inusual. Se entiende por inusual todo aquello que va más allá del uso, como puede ser la sacudida de un terremoto o un atentado terrorista.

Para realizar su trabajo, este joven ingeniero, que consiguió la prestigiosa beca Leonardo de la FBBVA en el año 2017, dispone del laboratorio del instituto ICITECH-UPV, uno de los más grandes de Europa. En su interior, con una zona de ensayos de cerca de 500 metros cuadrados y una altura de 14 metros, es capaz de construir edificios y bóvedas, a las que a través de lo que él llama probetas – motores capaces de reproducir percusiones y fricciones similares a un terremoto- monitoriza el comportamiento de las estructuras. “La bóveda de crucería que construimos en ladrillo hace unos años no fuimos capaz de derribarla”, destaca.

Fuera de este laboratorio cubierto, en el que se cruzan ingenieros con albañiles y encofradores, tienen a las afueras de Valencia un terreno para ensayar con edificios a escala real. Hasta la fecha ya han derribado dos construcciones que fueron sometidas a situaciones extremas. “Los edificios se vinieron abajo tal y como habíamos simulado en el ordenador. Se reprodujeron al milímetro las torsiones y fracturas”, explica.

Adam llegó a la ingeniería a través de la física, que es lo que realmente le gustaba. “Me entusiasmaba el estudio de las fuerzas”, explica con una sonrisa. Pero la realidad, el pensar en el futuro, le hizo mirar más allá y pensó que la ingeniería de caminos, canales y puertos podría ser una buena forma de poner en práctica su pasión en una carrera con más salida profesional.

Así lo hizo. Acabó la carrera. Trabajó en un despacho de ingenieros en donde construyó centros comerciales. Pero el gusanillo de la física, de la teoría, del estudio le seguía corroyendo por dentro y decidió volver su vista hacia la investigación y la docencia. Eso le llevó de nuevo a la Universidad Politécnica de Valencia para impulsar y dotar de contenido al macrolaboratorio del ICITECH-UPV.

Como investigador del ICITECH, trabaja en el campo de la ingeniería estructural a través de cinco líneas de investigación: refuerzo y reparación de estructuras, fallos en estructuras, diagnóstico y evaluación de estructuras existentes, construcción de estructuras de edificios de hormigón armado, y colapso progresivo y robustez de estructuras de edificios.

“En una década me veo transfiriendo mi investigación en la sociedad de diversas maneras, en base a patentes desarrolladas a partir de los proyectos que llevo en marcha”, comenta Adam mientras paseamos por la descomunal nave/laboratorio.

La investigación en todos los campos de la ciencia marcha a gran velocidad y el mundo de la ingeniería no es menos. Adam se atreve a predecir qué puede ocurrir en un futuro relativamente cercano y vaticina que habrá cambios. Unos cambios que llegarán por un proceso de adaptación “a las necesidades sociales actuales, como la sostenibilidad, que dará origen a nuevos materiales de construcción con baja huella de carbono”. Esto llega por la vía de la nueva regulación para combatir el cambio climático. Pero señala, que lo que nunca se puede perder en el horizonte a conseguir con cualquier construcción de infraestructuras o edificios es la seguridad.

Para este doctor ingeniero de caminos “las claves para mejorar actualmente en mi campo de investigación están sobre todo en la comunicación de lo que hacemos. El ámbito de la construcción es habitualmente conservador, tiene grandes inercias y cuesta muchísimo innovar. Por ello debemos comunicar nuestra investigación, pedir apoyo a entidades gubernamentales para poder hacer cambios a nivel normativo y convencer también a constructores y diseñadores de estructuras”, afirma.

El proyecto más caro en el que ha trabajado lo tiene en marcha actualmente. Son dos millones y medio de euros, financiados por el Consejo Europeo de Investigación. Con ese dinero va a construir tres edificios reales para derribarlos de forma controlada. “Simplemente queremos comprender cómo se caen los edificios para mejorar su diseño”, explica.

Mientras tanto, Adam sigue buscando respuestas a la resilencia de los edificios en su vida diaria. Como cuando se sienta con sus gemelos de 8 años a construir con bloques de Lego. “Nos peleamos sobre todo por ver quién destruye la construcción”, concluye con una sonrisa.