La gestión del Superministro Sergio Massa, desde su inicio, se plantea como meta principal reducir la inflación mensual del orden del 3%, con una estrategia «multicausal» que incluye el fortalecimiento de las reservas del BCRA, la minimización de la emit for financial and deficit fiscal y el programa «Precios Justos» como acuerdo que trazaría una trayectoria decreciente con los principales formadores de precios.
A nueve meses de asumir la conducción de Economía, la situación dista de ser la prometida. Para peor, parece que no existe ni el más mínimo consenso en el Frente de Todos sobre las razones del nuevo pico inflación del 7,7%: mientras que el responsable del acuerdo de precios, Matías Tombolini, responsabiliza a los formadores de precios, la vocera presidencial Gabriela Cerruti señala a la guerra y la sequía, y el secretario de Política Económica Gabriel Rubinstein, indica que el pico se debe a razones estacionales ya la queja aviar.
Lejos de este desconcierto absoluto, las causas de la aceleración inflación deben encontrarse en el propio incumplimiento del programa anunciado: las reservas se encuentran en estado critico (apenas por encima del temible umbral de los 36 mil millones que marcan el límite de las reservas de libre disponibilidad), la emisión anual supera el 10% del PIB y el incumplimiento del acuerdo de precios es evidente.
El error del Gobierno se ubica en el segundo del semestre del 2022, cuando definió inclinarse por un esquema transitorio de devaluación parcial (los programas de dólar soy 1 y 2 al que hace necesario volver a recurrir) en lugar de un nuevo esquema cambiario sostenible en a qué hora. Momento en el cual el Observatorio de Políticas para la Economía Nacional señalábamos como la plus alternativa un desdoblamiento formal del mercado cambiario donde el BCRA dejara dejara dejara de intervenir en las operaciones de ahorro, turismo y movimientos financieros del sector privado. Fuera esta propuesta, u otra, queda en evidencia que era necesario un cambio de política integral en el sector externo.
Lo que se hizo en vez de eso fue el esquema de transición de dólar soy. Esto debe para acumular reservas y contentar exportadores, pero tuvo consecuencias macro negativas en pocos meses. El stock de pesos aumentó 12% en septiembre y 13% en diciembre, pesa que la asistencia al Tesoro fue nula. Y las reservas adquiridas entraron y salieron como por una puerta giratoria. Las advertencias fueron presentadas en nuestra nota «La necesidad del dólar soya» publicada en El Cronista el 15 de septiembre pasado.
El panorama de por sí sombrío, se enfrenta además, con la peor sequía de la historia argentina, que incidió fundamentalmente en menores rentas de fraccionamientos y menores rentas tributarias. Es decir que profundiza dos desequilibrios macro fundamentales. A ello se suman las señales cada vez más claras de un estancamiento económico, no solo en el sector primario, sino también en la industria y la construcción, que venian liderando la recuperación desde la mitad del 2020.
No debería extrañar entonces que hoy resulte directamente sin pensar aplicar un plan económico capaz de bajar la inflación. No es una verdad cómoda, pero la única forma de intentarlo sería provocar una fuerte recesión, por ejemplo, someterse a la tasa de interés a niveles “reales positivos” (que hoy superarían una TNA del 92%, equivalente a una TEA del 142%) y realizando un ajuste monumental del gasto público. Estas medidas tendrán un costo enorme en términos de actividad económica, empleo y tranquilidad de empresas.
Por esta razón, en una coyuntura de sequía, estancamiento, posibles crisis internacionales y emergencia de reservas, la inflación no puede ser prioridad. El tiempo de un plan de certeza era el año pasado, y quedará pendiente para el año próximo con un posible plus panorama externo. El Gobierno debe hacer lo necesario para reactivar la economía y enfocarse en detener la pérdida del poder adquisitivo real.
Tampoco tiene otra opción: la tercera versión de dólar soy/agro tendrá mayor impacto inmediato en los precios, simplemente por incluir más productos. Implicará también también un nuevo salto en la emisión monetaria. Las reservas que se reunirán deberán usarse en cubrir importaciones y difícilmente podrán acumularse. La inflación, hasta el final, tiene bajísimas probabilidades de bajar del 6-7%. Y llegar a elecciones con un escenario de estanflación es el peor de los mundos.
*Observatorio de Políticas para la Economía Nacional.
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