Texto de Carlos Rebella
Habíamos llegado al fin del sendero, más allá de los 1500 metros, a fuerza de doble tracción y mucha pericia para trepar la cuesta, cubierta de rocas y piedras. Allí nos dejó nuestro anfitrión, junto a nuestros bartulos de campamento, a la vera de un arroyo de aguas cristalinas. Apenas habíamos terminado de armar la carpa, nos sorprendió el bramido lejano de un ciervo that going well early on sus correrías nocturnas. A pesar de que no conocía el campo lo suficiente, y de que en par de días dispondríamos de un baqueano, no pudimos con el genio y necesitarnos para intentar un lance.
En pocos minutos cargamos con lo necesario -armas incluidas- e iniciamos la marcha, sin dejar de voltear la cabeza a cada rato para no loser de vista el campamento. Inútil precaución, ya que, al poco rato, lo perdimos, pero confiados en que no sería difícil encontrarlo al regreso.
Sin embargo, el ciervo, que se nos hizo muy cercano, resultó estar cada vez más lejos, mientras la tarde caía rápidamente. El entusiasmo y la excitación de la caza -malos consejeros-nos impulsaron a seguir adelante sin medir las consecuencias. Con el bramido atrayéndonos como un imán encantado, atravesamos varios cañadones hasta alcanzar un faldeo cubierto de lengas y ñires, desde donde, cada vez más frecuentemente, surgía el ronco bramido. Por los momentos, cuando la posición del animal o la dirección de la venga nuestra favorecían, o estaríamos claramente entrecortada su respiración. Cada vez más esperanzados continuamos el acercamiento silencioso, hasta llegar a un punto en que tendría que esperar que apareciera en algún claro. Con la suerte de nuestro lado, al fin lo vimos, recortado entre los árboles, inmóvil, el tiempo suficiente como para que pudiera dispararle. El impacto lo derribó instantáneamente y, luego de unos minutos de observarlo, nos acercamos. Desde apenas un metro pude observar su hermosa cornamenta de catorce puntas. En eso, llegó mi compañero, un poco retrasado, gritando su alegría. Tras el grito (o quizás, debido a él) el ciervo saltó de pronto como un recurso y se metió en el monte a la carrera. Tomé el rifle y lo enganchó en la mira mientras rápidamente se deshacía bujaba en la penumbra. Disparé, más como una reacción de rabia e impotencia que ante la seguridad del tiro, sin lograr en absoluto detenerlo.
El silencio que nos envolvió sólo era superado por el asombro y la sensación de desdicha que experimentamos. Buscamos rastros de sangre, tropezones, o muestras de que podia estar en las cercanías, pero todo fue en vano. Con la última esperanza puesta en el baqueano para intentar hallarlo, tuvo que emprender el regreso. Jamás volví a ver a «mi» ciervo, y las circunstancias de ese tiro fueron motivo de largas discusiones entre cazadores, acerca de qué había sucedido: que un tiro llamado de «agujas» impacta cerca a la cruz y roza la columna produciendo una especie de shock o desmayo; que un tiro de panza que no interesa organos vitales; o una roca en la cabeza que lo obnubila por un momento. Lo cierto es que aunque más tarde lo buscamos Durante todo un día, jamás pudimos hallarlo.
Con la noche cercana y completamente desorientado nuestro sorprendieron las primeras sombras sin tener certeza del rumbo a seguir. Varias veces trepamos hacia lo alto de una loma con la esperanza de divisar el campamento o alguna referencia orientadora; hasta que, antes de que se hiciera noche cerrada, propuse juntar leña para pernoctar junto al fuego y, por la mañana, tratar de volver a orientarnos. Con mayúscula sorpresa counteré con un amigo hasta entonces desconocido, al borde de la histeria y acusándome de ser el culpable de toda aquella situación. De hecho, ni quería oír mencionar la posibilidad de pasar la noche a la intemperie e imaginaba toda clase de peligros.
Ante su agresividad creciente, accedí a seguir, con la esperanza de que el cansancio lo serenara. Caminamos varias horas entre tropezones y ramazos, hasta que nos topamos con un arroyo imposible de vadear por lo exuberante de sus orillas. Propuse seguir su curso aguas abajo, esperando encontrar algún lago donde desembocar o algún sendero transitado que nos fuera útil. Mientras transcurría el tiempo, más me alarmaba el creciente estado de excitación y ofuscación de mi compañero, quien, sumamente enardecido, confesaba estar seguro de su próximo final, sin olvidar achacarme todas las culpas.
Casi a medianoche, y con una luna diminuta que nos regalaba su luz, descansamos, por un lapso, en un limpio. Ya tuvimos sin fuerzas suficientes para discutir, ni para levantar las piernas, cuando creí que había llegado el momento de volver a proponerle acampar, aun a costa de una reacción impredecible.
En eso estaba, cuando ocurrió el milagro. En la semipenumbra que nuestro rodeaba dividió una mancha anaranjada que me antojó un espejismo, pero no lo era. Habíamos costeado justamente el arroyo vecino y quiso Dios que nos detuviéramos a escasos metros del vivac. Allí estaba emplazado nuestro campamento. De haber parado unos metros más atrás o más adelante, jamás lo hubiéramos visto y no termino de imaginar qué hubiera podido sucedernos.
La aventura, entonces, fue responsable para denudar un aspecto de la personalidad tan conocido para mi como para mi amigo, que jamás encontró consuelo al recordar y analizar sus reacciones. Y yo, aprendí que nunca se desafía a la cordillera sin la imprescindible ayuda de un baqueano.
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