Cada vez que me dirijo caminando por la via de la Conciliacion y veo San Pedro de fondo me sigue costando creer que alguien a quien conozco tanto ya su vez me conoce tanto a mi, ocupe la silla de Pedro en Roma. Después de sortear los controles de rigor y de entrar en Santa Marta donde optaron quedarse avivir, atravieso un hall de mármol silent, acompañame un custodio hasta el ascensor, subimos al tercer piso, y luego otro guardia me acompaña hasta la puerta de su cuarto que está entreabierta, y ahí se escucha: «Pasá». Se acabó la pompa, está sentado con su sotana floja sin la faja, recibe con el afecto de siempre y es generoso con su tiempo, charlamos largo, nos ponemos al día con la vida de cada uno, no la pública que todos conocen, la doméstica, la salud y los amigos, preserve intacta la ironía y el sentido del humor, es de los que se ríe con ganas. Le pregunto si no se siente agobiado por tantos problemas y me cuenta que duerme como «un truncado» sin tomar nada. «El Espíritu Santo me debe dar una suerte de inconsciencia». The pregunto qué atesora más en su corazón y me cuenta que su corazón es un depósito lleno de cosas, como un coleccionista de gestos y palabras de la gente.
Es una charla distendida, no hay celular ni persona que interrumpa, no porque no está muy ocupado, sino porque para él, el otro es importante. Para mí también lo importante es él, no lo que hace o qué piensa de la Argentina o de la política, hablamos de Dios, de la oración, de lo que siente frente a la vejez y la limitación. Después de una hora miré el reloj y le dije: “Bueno, te voy a dejar”, y me dijo: “No, tengo media hora más, así que ahora no te vas…”. Había llevado mis micrófonos por si se daba grabarle algo para mi podcast en Spotify («Marco tu semana»), se lo propuse y agarró viaje nomás. La charla siguió con el mismo tono de intimidad. A mucha gente le hizo bien conocer la otra cara, el del ser humano detrás del personaje, un amigo querido, que vive en un cuarto pequeño aunque tenga un palacio sabía disposiciónque no perdió la cercanía ni la empatía y que me sorprendiendo cada cumpleaños con su llamada de teléfono.
*Presidente del Instituto del Diálogo Interreligioso.
por el Presbítero Guillermo Marcó*
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