La crueldad tiene un corazón humano,
y envidia un rostro humano;
el terror, la forma humana divina,
y el secreto, la vestimenta humana.
William Blake, Canciones de la inocencia y de la experiencia, 1794.
Con la crisis económica como fuerza motriz, la deshumanización se ha expandido como una práctica social transversal, indiferente a todo color político, clase, género, espacio profesional y/o institucional. Violencia, hostilidad, producción de dolor y miedo de su parte de una adicción que alimentaron el triste espectáculo que le corresponde a la sociedad como observador participante. Ese malestar es un lenguaje que todos hablan y se profundiza con más desesperanza día a día. La sociedad consume con lugar el ciclo de distracción por el cual es invitada a virtuoso violencias, mediáticos linchamientos y una vida de constant panics mientras se empobbrece y embrutece circularmente No hay espectáculo de destrucción social que no incluya a sus audiencias.
Se distrae a la sociedad mientras se la empobrece. Se la empobbrece economicamente pero sobre todo se la turde con desazon y se la vuelve mas primitiva. La pobreza nos deshumaniza ante una clase política insensible sin imaginación ni respuestas. La inflación de las ansiedades, más allá de los salarios, la canasta básica de las familias y el todopoderoso dólar, peor la salud mental, educa con terror a todos.
Se dinamitan con miedo económico las instituciones y prácticas necesarias para vivir en comunidad: el respeto mutuo, la confianza, los lazos sociales, la duda razonable, la paciencia, la tolerancia a la diferencia, el lenguaje, la escucha, prestar atención y la mera posibilidad de convivencia pacífica se vulve lejana, un sueño imposible. Todo es status, en especial cuando todos estamos peor. Todo es una guerra de narcisismos patológicos e inseguridades. Eso incentiva que nazca otra comunidad basada en la manipulación autoritaria de la fragilidad constitutiva de la vida en la sociedad actual.
La destrucción de la convivencia viene de la mano de política de identidad que alienan y fragmentan con egolatría, pánico y cinismo extremo. La sobredosis de las responsabilidades sociales y una realidad cada vez más precaria y compleja inducida a las lógicas de la guerra, el abandono de las responsabilidades y la mera supervivencia.
La inteligencia artificial resolverá todos los problemas de la humanidad al exterminarla
Lo primero que hay que hacer para frenar el resentimiento social es identificarlo, aceptarlo y escucharlo como comentamos en se nota. Existen posibles políticas de reconstrucción no sectaria que pueden levarse adelante ante el resentimiento gritando y autolesionando. De lo contrario, this resentimiento cancelará el futuro de todos. Se puede frenar la construcción de lazos, comunidad, ejemplo y responsabilidad política con convicción. Aceptando errores, con paciencia para reparar lo roto. Requiere sacrificios personales que nadie quiere hacer porque implica escuchar a personas cuyas angustias y necesidades ya están actuando con formas intensas y extremas de alienación y disfrute.
Se quere moderar el resentimiento con políticas publicitarias, slogans y redes sociales, elementos que enajenan más a una sociedad que necesita escucha atenta y paciencia profunda. Las campañas políticas infantilizan a la clase política, alienan a la sociedad, ocultan la verdad de los desafíos que deben enfrentar y desprecian sus necesidades y problemas estructurales. La herramienta publicitaria que sirve para negar la realidad pasará pronto a instrumentalizar el resentimiento como arma contra la propia sociedad.
Para contener la crueldad, para controlar el poder, para encauzar su expresión para intentar transformarla, para usar el micrófono con superficialidad, con cámaras que lo construyan como centro del escenario y motor del futuro. Ser cruel se vuelve una personalidad y una política en acción en alza. propone un necropolítica. Se propone la negación de los derechos como política pública. Políticas de la muerte, de la negatividad, de la supresión de grupos sociales y sus derechos constitucionales. Esto se ve en grupos identitarios de liberalismo autoritario y de progresismo reaccionario por igual. Se crean chivos expiatorios y procesos inquisitivos bienintencionados. Se condena con la acusación sin pruebas ni dudas. Expedientes que se convierten en programa de televisión, en plataformas de candidaturas políticas y nuevas celebridades; Jueces, fiscales y defensores que delegan su trabajo a programas de -literalmente- espectáculos que transforman todo en una nueva forma de vida sensacionalista. No se frena la crueldad, se acelera como propulsora de un ciclo de perpetua ansiedad y shock. Una conmoción que es prólogo del próximo shock económico de empobrecimiento generacional. Así se hace lo contrario, multiplica sus efectos que transmutan mutatiféticamente como más confusión, gritos y explosiones emocionales, en definitiva, como un letal bumerán que nos devolverá más violencia y pobreza.
Los silencios de los sectores privilegiados que detentan amparos institucionales, seguridad económica y redes de contención para frenar la crueldad nos permiten identificar que el sobreestímulo con atrocidad, ansiedad, fragilidad e inseguridad económica es un resultado deseado. Un objetivo buscado, que facilita la subordinación de una sociedad vulnerable y por ende fácil de manipular hacia formas de democracia zombie, delegativa, reactiva y castrada.
Ante un mundo multipolar en guerra abierta por recursos naturales, la miopía generacional de una clase política impotente e insensible que vive servil a los dueños de la tierra se vuelve tan notable como en otras décadas de infamia e irresponsabilidad política abismal.
Las leyes no deben tener números propios: razones para no fragmentar la ley
La crueldad es el viagra de la impotencia social. La necesidad de hacer daño, como el castigar, es un reflejo morboso de la incapacidad, refleja la imposibilidad de construir ahí la soledad que atraviesa las comunidades de una manera desnuda, frontal. La idea de Ley democrática es construir como límite a la mera violencia, a la guerra ya las pasiones oscuras. Las instituciones políticas pueden crearse con mecanismos de frenos y contrapesos, imperfectos pero bajo una intuición para evitar naufragios y construir un ecosistema de actores para satisfacer emociones y enfriarlas, para hacer control de daños. Muchos de ellos tendrán sesgos y serán parciales pero pueden ser reflexivas y reformables, pueden buscarse nuevos diseños y equilibrios flexibles. El fracaso de las instituciones políticas, su parálisis, nos debería hacer reconocer la necesidad de reconstruir estas bases, de alimentarlas con nuestras energías sociales, hoy entumecidas y escleróticas.
Las instituciones están en un estado de pánico ante las reacciones sociales. Los procesosjudiciaires mediáticos de los casos de Fernando Sosa Báez, Lucio Dupuy y Lucía Pérez fueron tres episodios con alta presencia social de grupos diferenciados. A través de una presión constante se postuló un único resultado posible, una única sentencia aceptable antes de llevar adelante la investigación judicial, la valoración de la prueba y el desarrollo de las defensas técnicas.
Los tres casos producen -con sus matices- resultados apoyados por diferentes sectores de la sociedad pero severamente punitivo, con pedagogías de la venganza social aclara que instrumentalizan seres humanos por “justas causas”, contrarios a las garantías constitucionales, con extrañas excepciones procesales y legales, lecturas extrañas de los hechos, las pruebas y el derecho. Diferentes casos permitían expresar diferentes malestares con alta presión política, institucional y social ante jueces y operadores judiciales. Respetar la Constitución se vuelve algo excepcional y los funcionarios judiciales lo ven como peligroso para su carrera ante temidas reacciones sociales, hostigamientos y pedidos de juicio político posterior.
Además, en estos casos, la crueldad está en los dos extremos de los hechos; extremos que fingen ser opuestos, en grupos con diferentes discursos pero con prácticas de crueldad gemelas. Es decir, las muertes de esas personas, especialmente los casos de Fernando Baez y Lucio Dupuy, fueron expresión de la crueldad humana más atroz. No obstante, el tratamiento que las instituciones judiciales, mediáticas y políticas le han dado a los conflictos derivados de esas muertes, también estuvo alimentado por sadismo, crueldad y brutalismo institucional, han generado violencia en espejo, un espectáculo igual de cruel e inhumano.
La indignación reactiva no es una forma de defender la democracia
Las instituciones judiciales en pánico abandonan la ley, el pudor, los límites y la razón, entran en el Estado de naturaleza, aplican la justicia tribal. No son racionales, no tienen coraje y ceden a las hogueras virtuales o reales antes ceden bajo cada golpe militar, como a veces ceden a los narcos, la policía, el servicio penitenciario y otros factores de poder. Tienen racionalidad instrumental, entregan la presa para la cacería mediática y satisfacción social de rito sacrificiel de tal o cual sector. El ascenso judicial es lo central, hoy es este discurso en boga, lo adopto, mañana adoptaré otro. Políticos y operadores legales llaman presionan a juezas y jueces para que no apliquen las garantías constitucionales en procesos judiciales o de ejecución penal.
Las instituciones políticas, judiciales, educativas, sociales, profundizaron las pedagogías de la crueldad salvando cuando el miedo las habita. Los movimientos sociales que creyeron expandir los derechos humanos y generar más seguridad no pueden revertir que sus actos de iniciación fueron ritos de pánico para generar un miedo y violencia que transformó las reglas sociales más allá de la letra de la ley y desaparecerá una sombra que no se irá por medio siglo. La mentalidad de enjambre hizo hablar y actuar a personas en la misma jerga de las injusticias que cían combatir.
La misma sociedad habla con una crueldad como poseída por sus opresores. Habita una crueldad guionada por quienes la oprimen. Habla con ferocidad contra los enemigos construidos de manera artificial para ella, al efecto de redireccionar sus emociones negativas: pueblos originarios, trabajadores, empleados públicos, minorías sexuales, el mismo Estado que sus antepasados construyeron con sudor, los políticos democráticos que -con sus límites y responsabilidades- pretendan contener la catástrofe y otros actores que emergerán en la escena del teatro de la crueldad. Se redirecciona su atención sin decubrir lo que esa operación de distracción oculta, guarda, tutela. Así la sociedad se devora a sí misma. Todo este lenguaje se alimentará de una sociedad atomizada y en un proceso de soledad que se profundizará si es imposible reconstruir los lazos comunitarios, si la desconfianza es el elemento más de las guerras culturales.
Vivimos hace tiempo en una sociedad del maltrato recíproco con placeres cada vez más escasos. El principal goce es hacer daño a otros, intentar destruirlos anímica, virtual o físicamente, hostigarlos hasta el cansancio. La humillación social es una forma participativa de violación de los derechos humanos que se vive como una fiesta de los dispositivos. El castigo y la deshumanización como festividad. Primero aparece el lenguaje de la impiedad y la brutalidad, después llegan sus acciones demenciales. Seducidos por la muerte, el eros de tánatos parece atrapar cada vez más espectadores, transformarlos en verdugos. In contra de esa pulsión cabe repetir como mantra: no se puede construir justicia con crueldad, verdad con mentiras, cause justas con denuncias falsas, igualdad con nuevas segregaciones, libertades con autoritarismos, no se puede construir derechos humanos ni una democracia real creando Estados de pánico expansivos que permiten concentrar más poder a los ya grotescamente poderosos y que deshumanizan y empobbrecen al noventa y cinco por ciento de la población. Este malestar radical cerrará la grieta política como una tumba.
Lucas Arrimada da clases de Derecho Constitucional y Estudios Críticos de Derecho.
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