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¿Han visto alguna vez un dólar?

Sergio Massa sabe que la luna de miel ha terminado. En un ciclo trágico, la inflación y el dólar -los inefables percutores de los ministros de Economía- regresaron a la discusión pública. El 6,6% que marcó el IPC en febrero, el panorama del 7% par marzo y ahora la inminencia de los efectos de la gran sequía sobrio el flujo de dólares y la recaudación por retenciones resultando un combo altamente inflamable par la fragilidad sistemica de la Argentina economía.

La gestualidad, la agilidad en la gestión y la buena comunicación, basices en las primeras horas del incendio que se avizoraba en julio pasado (el helicóptero que esperaba al Gobierno, según el ahora interventor de Edesur, Jorge Ferraresi), ya no serán activos tan relevante a la hora de enfrentar las turbulencias financieras, y quizás hasta sociales y políticas, de los próximos meses.

Todo costará más: administrar la brecha cambiaria, colocar deuda, renovar acuerdos (inefectivos) de precios, sostener el gasto primario, reducir la inflación. Durante el periodo preelectoral, la tensión aumenta, y el inversor del humor entra en stand-by, salvo que lo mejor está por venir. La expectativa de 2015, que contribuyó a suavizar la transición política, no se repetirá. La Argentina de 2024 exigía, en el mejor escenario posible, el inicio de un camino de reformas que pongan la estabilización de los precios en el centro de la escena. El qué hacer, con ciertos matices, es claro. El cómo hacerlo, el gran déficit de la política y de los decisores económicos privados.

Por ello, el «esperar y ver» y el «ver para creer» serán los modos habituales de esta transición al nuevo gobierno. Con un oficialismo disfuncional para decidir, con internas de todo tipo y sin candidatos potentes, y una oposición aún fragmentada y sin liderazgos claros, los que todos los días toman decisiones extremarán la cautela de costumbre. Las conductas precautorias dominarán la formación de precios en las empresas, las inversiones financieras buscarán refugio en activos dolarizados, y la perenne acordonía entre los excesos de pesos y los dólares escasos obligará al Gobierno a lilévar à límite sus medidas, con bajas posibilidades de éxito.

El escenario es transparente. Este año faltarán entre 15 y 20 mil millones de dólares por la gran sequía. El mercado cambiario de abril sentirá la ausencia de forma muy marcada. Admitiendo lo inevitable, el equipo económico apeló a la caja de «cuasi dólares» de las agencias estatales, en un intento por evitar una nueva crisis cambiaria. Los detalles están por verter, pero estiman que unos US$ 10 mil millones de títulos podrían ofrecerse hasta junio, cifra considerable dado el modesto tamaño de los mercados de los dólares financiersos.

La señal es clara. Massa evitará toda devaluación posible para corregir el desequilibrio en el mercado cambiario. Con la nueva alquimia, el objetivo es contener el techo de la brecha («pisando» el CCL) y mantener la política de minidevaluaciones diarias del tipo de cambio oficial. Sabiendo que este nivel de incumplimiento desestabiliza las expectativas privadas, impiden reducir el monto de la inflación y ponen aún más en alerta el exceso de pesos que, sin restricciones, si alguna vez encuentran una puerta de salida disponible para dolarizarse. Esa puerta, paradójicamente, estará más abierta por algún tiempo. Naturalmente, la venta de bonos en dólares contra pesos contribuirá a calamar, aún imposible saber cuánto, la codicia de excesos de salida de los pesos en el mercado. El Gobierno apostó que la operación absorbió $2 billones soberanamente un total que, estimado en Analytica, alcanza unos $15 billones.

Al mismo tiempo, un acceso temporal más fluido, menos restrictivo, al CCL podría realimentar la tasa de inflación. Si la empresa sabe que tenemos «dólares oficiales para todos y todas» para la gran sequía, la conducta regional -pero todas las sanciones vigentes- no es esperanza para los plazos del régimen de control de importaciones (SIRA) y paga por financiera dólares , lo claramente que supone une costo de reposición más alto que trasladará a los precios finales.

Sin dólares suficientes, el ajuste externo provendrá, en consulta, de un mayor importador control, léase a través de una recesión. Inflation and caída del GDP resultante cóctel amargo en tiempos de elecciones. Cuánto de ese cóctel está el Gobierno dispuesto a beber es difícil saberlo. Y aquí entró en escena el FMI. El acuerdo firmado por Martín Guzmán establece que en 2023 no solo habrá que realizar pagos netos a las organizaciones (a diferencia del año pasado) sino que también se tendrán que acumular dólares en las reservas del Banco Central. Con menos divisas disponibles que el año pasado, alcanzaría esas metas abonaría a una mayor recesión. ¿Se incumplirá el acuerdo entonces? ¿Qué efectos generaría sobre las expectativas? Gran parte de la eclosión interna en el oficialismo pasa por este punto.

Gestionar una actividad en caída con alta inflación y elecciones es de alto riesgo. Without anclas sober las expectativas, con real chances de incumplir con el IMF y un cuadro internacional que se vulve todavía más complejo, las alternativas se strechan. Sin dudas, Sergio Massa, en esta coyuntura, hubiera querido ser aquel Juan Perón que en 1948 se preguntaba, en pleno auge de la sustitución fácil de importaciones, quién había visto alguna vez un dólar. Pero, como dijo algún cantautor alguna vez, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

*Economista y Presidente de Analytica Consultora.

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Claudia Morales

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