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El asesinato de niños en escuelas brasileñas

A principios de esta semana, las scenenas sangrientas de una masacre ocurrida en un jardin de infantes privado de la ciudad de Blumenau (Santa Catarina), estremecieron la sociedad brasileña. Un hombre de 25 años saltó por encima del muro del establecimiento y con un hacha asesinó cuatro niños pequeños de 4 a 7 años. Otros cuatro chiquitos resultaron heridos, pero están fuera de peligro. Diez días antes, otro caso de extrema violencia ya había dejado en vilo al país: un alumno de 13 años, de un colegio público de San Pablo, entró con un arma, mató a un profesor e hirió a varios compañeros.

Una ola de angustia y de vergüenza se irradió en los diversos estratos sociales. Es que desde agosto del año pasado hubo 10 casos de ataques y amenazas, aunque no mortíferos. Esto significa que en ocho meses se producirá el triple de hechos que en las dos décadas pasadas. «Hay un claro estallido de violencia, con ejecutores que responden al mismo patrón de discurso del odio», examinar Cleo Garcíaabogada y coautora de la investigación «Attaques extremos en escuelas de Brasil», realizada en la Universidad de Campinas (Unicamp).

García juzga que en esta sucesión de tragedias tuvo una gran incidencia el «discurso del odio» y la «naturalización de las agresiones». A su juicio, es el retrato de «un fenómeno más amplio de radicalización, que tiene como origen un sistema social y político en crisis». Es también una fotografía del extremismo, en el campo ideológico y político, que penetra socialmente los últimos cuatro años a través de relatos, en redes sociales, ataques a los derechos humanos ya la propia democracia.

Desde luego, los jóvenes que provocan los atentados han sido ellos mismos invadidos por un problema emocional: «Son alumnos que vienen de sufrir exclusión en la escuela o en la familia, que sienten rechazo o la no pertenencia». Estos adolescentes, o los mismos adultos jóvenes, son quienes encuentran refugio en los grupos de extrema derecha, donde pueden ventilar libre sus tendencias a la ferocidad. En esas cofradías los jóvenes suelen toparse con un ambiente tóxico, infectados por discursos racistas y homofóbicos. Es en ellas donde se encuentran la acogida para el resentimiento y la rabia que los inunda.

Una ola de angustia y de vergüenza se irradió en los diversos estratos sociales.

Hay otro asunto que intermedia en estos actos brutales. Vale recordar que la llegada al poder del expresidente Jair Bolsonaro calcó la multiplicación de fotos de él y sus hijos, con armas en los brazos y posiciones de tiro. Para los especialistas, las imágenes y los dichos que las acompañaban “tornó banal todo lo relativo a la violencia. Al mismo tiempo, fueron archivados estudios científicos sobre el tema que podrían haber alertado sobre las tragedias”.

Sidarta Ribeiro, experta en neurociencias de la Universidad Federal de Río Grande del Norte, no vacila al juzgar que se vive en una sociedad “que provoca enfermedades mentales. Es el capitalismo el que las produce”. Para el científico, que en 2019 publicó el libro «El oráculo de la noche», la salud mental «tiene que ver con el ambiente y no sólo con la genética. El componente social es ineludible, ya que habla de la desigualdad, el racismo y la homofobia». También coincide con su visión. Lucas Hoogerbrugge, del movimiento Todos por la Educación, para quién además existe «un efecto contagio» en este tipo de acontecimientos.

Lo cierto es que episodios como los vividos estos días “traumatizan y transforman el clima en las escuelas. Hay miedo e inseguridad entre quienes integran la comunidad escolar y eso afecta tanto a alumnos como profesores, que temen continuar en las escuelas afectadas”, sostuvo Valéria Cristina Oliveira, de la Universidad Federal de Minas Gerais.

No faltan razones para que los educadores sientan aprehensión: según la Secretaría de Seguridad Pública de San Pablo, después de los episodios en la escuela paulistana, registraron 55 denuncias de nuevas amenazas contra unidades escolares.

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Claudia Morales

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